No existe ningún precedente para el juicio sionista de Malmedy, excepto el código comunista sionista. El autor británico C. F. Green, declara el 1º de Enero de 1949 de su periódico The Independent Nationalist, que los sacrificios de Núremberg fueron lo suficientemente nauseabundos, pero el sadismo de Malmedy parece ser el de la muerte lenta mediante la tortura mental y física, esa es la justicia y el castigo bolchevique basados en el Talmud; y es en cumplimiento del cruel y vengativo Plan Morgenthau, es el castigo establecido por los sionistas. El juez Gordon Simpson de la Corte Suprema de Texas y E. Leroy van Roden del Tribunal de Huérfanos del condado de Delaware, examinaron 139 sentencias de muerte en relación a la Masacre de Malmedy, y recomendaron que 29 fueran conmutadas. El juez Van Roden dijo que los prisioneros fueron colocados en confinamiento solitario durante varias semanas o meses y no se les permitió visitas ni conversación, y hubo pruebas de la brutalidad cuando un dentista contratado por el Gobierno tuvo que trabajar horas extras cuidando de los prisioneros cuyos dientes fueron dañados y sus mandíbulas rotas.
Estados Unidos ha sido gobernado por los banqueros internacionales sionistas durante las administraciones enteras de Roosevelt y de Truman. El juez Jackson y el ministro de Justicia Biddle fueron designados para el Tribunal de Núremberg porque los sionistas lo deseaban. Fue por petición sionista que Dean Acheson fue designado ministro de Asuntos Exteriores. Fue por un requerimiento sionista que traicionamos a Polonia y a China, que apoyamos la invasión sionista de Palestina, que reconocimos al Estado de los israelíes, y que le prestamos 130 millones de dólares. Fueron los judíos sionistas los que degradaron y llevaron a la bancarrota a los Imperios británico y y francés, y que ahora amenazan con degradar y llevar a la bancarrota a la república estadounidense.
El señor Arnold Leese reportó en Gothic Ripples el 30 de Enero de 1950:
El judío M. Perlzweig, un funcionario del Congreso Judío Mundial, se dice en The Jewish Chronicle del 16 de Diciembre de 1949 que ha declarado recientemente en un discurso en Glasgow: Fue el Congreso Judío Mundial el que había asegurado la celebración de los juicios de Núremberg, en los cuales había proporcionado consejo experto y muchas pruebas valiosas; fue el Congreso Judío Mundial el que tuvo líneas de comunicación tales, a través de toda la guerra y que se extendían incluso hasta el ministerio alemán de Asuntos Exteriores, que ellos recibieron la información mucho antes que el Servicio Secreto británico o que la Inteligencia estadounidense...

El abogado de los prisioneros, el señor R. T. Paget, puso estos juicios a criminales de guerra en su perspectiva apropiada. Él señaló que estos "procesos" fueron los primeros en su tipo en 500 años, cuando Juana de Arco fue encontrada culpable y quemada en la hoguera. Procuramos marcarla como una bruja, y la convertimos en una santa, dijo él. La Historia tiene tendencia a repetirse.
Este proceso judicial sionista es un precedente para un juicio masivo de los traidores estadounidenses sionistas. Deberíamos darles una dosis de su propia medicina.
No extrañamos en verdad que en esta época en que la España parece un cadáver en putrefacción, salgan a la luz pública esos gusanos hediondos, esa raza maldita, que por más que se afane, no podrá borrar de su frente el execrable anatema que la redujo a vivir errante, sin templo, sin ministros, sin patria, ni hogar y siempre perseguida, y siempre odiada donde quiera que ponga su planta inmunda. Mucho se engañan los judíos si creen que los españoles hemos olvidado sus antiguas traiciones y alevosías, sus insurrecciones y sus engaños, sus estafas y sus latrocinios, sus iniquidades y su ferocidad salvaje.. Mucho se engañan si creen puede ser compatible con el pueblo católico español, la raza que robaba los niños, y después de atormentarlos bárbaramente, los mutilaba y crucificaba, si es que no ponían fin a su existencia con suplicios que horrorizan en la historia de esos mártires de la inocencia, que veneramos en nuestros altares.
La raza judía que desprecia y vilipendia a Jesucristo, que con palabras sacrílegas ultraja a su Santísima Madre, a la Madre de los españoles, no puede jamás tener existencia legal en el pueblo eminente y exclusivamente católico.
La venida de los judíos a España, sería el principio de nuevos males... y a sus provocaciones, y a sus manejos, se debería ver reproducidas aquellas tristes noches del Alcalá de Toledo y de las juderías de Sevilla, de Córdoba y otras ciudades.
En el orden político fueron siempre fomentadores de todo tumulto, de toda insurrección, en el orden moral fueron urdidores de tramas y de calumnias, falaces en su trato, faltos de buena fe y nada cuidadosos de la honra; en el orden religioso son los crucificadores de Nuestro Señor Jesucristo, son los despreciadores de su Santísima Madre; en el orden comercial, son usureros, estafadores y piratas de los pueblos, la raza judía no aumenta el comercio ni la riqueza de las naciones que los acogen... porque es como los chalanes y rateros que ven a las ferias donde hay movimiento comercial, para aprovecharse de la sencillez de los incautos.

Ensayista y académico alemán Johann von Leers (1902-1965), miembro del NSDAP; una de las personalidades más interesantes pero menos conocidas del III Reich.
Autor de una veintena de libros sobre la cuestión judía y el sionismo internacional, denunció desde los años 20 los abusos de poder y el parasitismo ejercido por los financistas y banqueros cosmopolitas contra los pueblos del mundo especialmente contra el alemán, que era el suyo, escarbando en los orígenes testamentarios de la tiranía del oro, y llegando a la conclusión de que el despótico demiurgo Jehová no es otro que Satanás. Por su muy productivo activismo en la labor de denunciar y exponer al supremacismo judaico fanático y talmúdico en todas sus vertientes religiosa, política y socio-económica, y aunque se opuso explícitamente al ejercicio de la violencia gratuita y sistemática contra los judíos, sus enemigos le acusan de ser “uno de los más peligrosos agitadores antisemitas del nazismo” junto al periodista Julius Streicher, editor del semanario “Der Stürmer” y único civil ahorcado tras los procesos de Nürenberg.
Von Leers pronto se sintió decepcionado y hastiado por el judeocristianismo hipócrita, farisaico, materialista y pequeñoburgués; buscando sustento espiritual en las corrientes völkisch del paganismo nórdico en aquel entonces muy en boga, en la religión ancestral de los germanos y frisones. Frecuentando esos círculos esotéricos conocería a la que sería su esposa, Gesine Schmaltz, la secretaria personal del erudito de origen holandés Hermann Wirth, quien años más tarde dirigiría el Instituto Ahnenerbe. Mucho tiempo después, residiendo en el exilio cairota, von Leers abrazaría el Islam; religión que ya desde su juventud respetaba profundamente, al considerar que no estaba tan corrompida como el cristianismo contemporáneo. Von Leers nunca fue un chauvinista racial, y entró por ello en conflicto con los sectores del NS que defendían un racismo biológico-supremacista. Las relaciones con Alfred Rosenberg, y en particular con su secretario Bäumler, siempre fueron tirantes. Procedente del “ala izquierda” del NSDAP pese a sus orígenes aristocráticos, von Leers siempre puso especial énfasis en la implementación de la justicia social y económica; en la imperiosa necesidad de construir un auténtico socialismo nacional, logrando la liberación de Alemania de la tiranía usurario-financiera de los plutócratas.
Tras la debacle de 1945, se instaló en Argentina, donde prosiguió escribiendo ensayos y artículos para diversas publicaciones. Durante toda su vida arrastró un defecto cardíaco congénito que le impedía practicar deportes o desempeñar las tareas propias de la dura vida militar que siempre ensalzaba en sus escritos. Murió en el Cairo en 1965, a los 63 años.
Para el judaísmo, Palestina era lo mismo que para el cristianismo, es decir, Tierra Santa, pero en ningún caso, patria o nación, el eslogan de una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, no es judío; es británico. Arqueólogos judíos en Israel demuestran que la salida de judíos de Egipto, el Éxodo, nunca existió. Ni hubo Reino de David ni de Salomón. Es todo pura mitología, precisamente porque la Biblia no es un relato histórico, sino puramente mítico. Hace doscientos años dice Sand, un judío de Kiev y otro de Marrakech no tenían nada que ver, o tienen que ver lo que un católico español y otro irlandés.
Sand explica cómo funciona el nacionalismo judío. Cuando Herzl, el fundador del sionismo, quiso organizar el primer congreso judío en Munich, tuvo la oposición de 78 de los 80 rabinos más importantes de Alemania, porque ninguna religión tenía patria, ni los musulmanes ni cristianos la tienen; el judaísmo tampoco; por eso Herzl la tuvo que inventar.
El Talmud dice Sand prohíbe expresamente emigrar en masa a Palestina. Su mismo abuelo vendió todo lo que tenía para ir a morir a Jerusalén, pero sólo porque quería atajar, adelantar por la derecha para ser de los primeros en resucitar, ya que según la ley judía las resurrecciones comenzarían a partir de Jerusalén. La idea de que los judíos deben regresar a Palestina fue una invención británica en el siglo XVII, y quien le empieza a dar cuerpo en el siglo XIX, a tomar en serio, no es Herzl sino lord Shaftesbury.
La tierra de Israel no es un concepto político, ni siquiera bíblico; es un concepto talmúdico, el Talmud viene a ser un compendio de discusiones rabínicas sobre la tradición y costumbres judías. Más tarde tiene una discusión con una persona del público, el cual dice que sí aparece lo de tierra de Israel en la Biblia; Sand le ataja explicándole que si tierra de Israel aparece once veces, tierra de Canaán aparece más de cincuenta, y por los menos otras veinticinco ‘tierra de Judea’. Ni Flavio Josefo ni tampoco en los Macabeos ni en Filón de Alejandría aparece nombrado ni una sola vez lo de tierra de Israel. Fue el sionismo quien le dio un sentido político nacional. Sin embargo cada niño de Israel está estudiando la Biblia con si fuera un libro de Historia, porque el principal nexo cultural que une esa variedad de gentes y lenguas es la religión. Y de ahí que Israel no tenga fronteras, porque Israel tendría que abarcar, según las interpretaciones que hacen de sus mitos, desde el Nilo hasta el Éufrates. Y en eso están, por eso lo que hoy ocurre obedece precisamente al plan Yinon. El 70% de los judíos actuales que hay por todo el mundo son askenazis, o sea, que no son semitas, no son oriundos de Palestina, y en el actual Israel representan el 50% de la población. Del Holocausto mejor no hablemos. O sea, que las bases para justificar la existencia de Israel son puros mitos. Vamos a dejar al margen el racismo que hay entre ellos, ya que la misma prensa israelí denunció los tratamientos hormonales a los que sometieron a las mujeres etíopes para reducir el número de embarazos; todo ello sin su consentimiento, sin ellas saberlo.
En realidad Israel es una cuña de los protestantes en esa tierra, de ahí que se lleven tan bien entre ellos y les importe una higa que sus mercenarios degüellen incluso niños y expulsen a todos los demás, porque sus víctimas son musulmanes, y maronitas y caldeos, es decir, católicos. Y mientras tanto el Papa haciendo el bergoglio. ¿Se entiende ahora por qué forzaron el cambio de Ratzinger por ese jesuita milonguero y quiénes pudieron estar detrás?
Aconsejo a los sociólogos poner en marcha una historia de la nueva religión examinando las técnicas extremadamente variadas con las que se ha creado, lanzado y vendido este "producto", en el trascurso de los años 1945-2000. Éste periodo mide la distancia hasta llegar a su presentación del Holocuento, transformado hoy en un producto kasher de consumo obligatorio. En 1961, Raul Hilberg, el primero de los farsantes historiadores del Holocuento, el Papa de la ciencia exterminacionista, publicó la primera versión de su obra estafaprincipal. En ella expone doctoralmente la tesis siguiente: Hitler había dado órdenes con vistas a la matanza organizada de los judíos y todo se explicaba partiendo de sus órdenes. Esta forma de presentar las cosas debía llevar a un fiasco. Habiendo solicitado los revisionistas serios ver dichas órdenes, Hilberg se vio obligado a admitir que jamás habían existido.
De 1982 a 1985, bajo la presión de los mismos revisionistas que pedía ver a qué se podía asemejar la técnica de las mágicas cámaras de gas homicidas, se vio obligado a revisar su presentación de la cuestión holocáustica. En 1985, en la edición revisada y definitiva de su misma obra, en vez de mostrarse categórico y seco con el lector o cliente, intentó engañarlo con todo tipo de asuntos abstrusos, apelando a su presunto interés por los misterios de la parapsicología y lo paranormal. Hilberg expone la historia de la destrucción de los judíos de Europa sin mencionar la más mínima orden, ni de Hitler, ni de ningún otro, de exterminar a los judíos. Lo explicó todo con una especie de diabólico misterio: espontáneamente los burócratas alemanes se habían ido pasando la contraseña para asesinar a hasta el último de los judíos. A lo largo de los milenios, los judíos, al principio generalmente bien acogidos en los países que los hospedaban, han acabado por suscitar un fenómeno de rechazo que ha llevado a su expulsión pero, con mucha frecuencia, tras salir por una puerta, volvían a entrar por otra. En diferentes naciones de la Europa continental, hacia fines del siglo XIX e inicios del XX, el fenómeno ha vuelto a hacer su aparición. La cuestión judía se planteó especialmente en Rusia, en Polonia, en Rumanía, en Austria-Hungría, en Alemania y en Francia. Todos, empezando por los propios judíos, se pusieron a buscar «una solución» a esta cuestión judía. Para los sionistas, que fueron una minoría durante mucho tiempo entre sus correligionarios, la solución no podía ser más que territorial. Era conveniente encontrar, con el acuerdo de las naciones imperiales, un territorio donde pudiesen ser trasladados los colonos judíos. Esta colonia se habría localizado, por ejemplo, en Palestina, en Madagascar, en Uganda, en Sudamérica o en Siberia. Polonia y Francia preferían la solución de Madagascar, mientras que en la Unión Soviética se creaba, en la Siberia meridional, el territorio autónomo de Birobigian. Por lo que respecta a la Alemania nacionalsocialista, se estaba estudiando la posibilidad de un asentamiento en Palestina, pero acabó, a partir de 1937, por advertir el carácter no realista de esta solución y del grave perjuicio que se habría causado a los palestinos. A continuación el III Reich quiso crear una colonia judía en una parte de Polonia (el Judenreservat de Nisko, al sur de Lublin), después, en 1940, auspició seriamente la creación de una colonia en Madagascar (el Madagaskar Project). En la primavera de 1942, a consecuencia de de la necesidad de llevar adelante una guerra terrestre marítima y aérea y junto a las preocupaciones cada vez más angustiosas de tener que salvar las ciudades alemanas de un diluvio de fuego, de salvar la vida de su propio pueblo, de mantener en funcionamiento la economía de todo un continente tan falto de materias primas, el Canciller Hitler hizo saber a sus colaboradores, en particular al ministro del Reich y Jefe de la Cancillería del Reich Hans-Heinrich Lammers, que quería aplazar hasta la finalización de la guerra la solución de la cuestión judía. Constituyendo una población en el seno de una Alemania en guerra a la que era con toda seguridad hostil, los judíos, o al menos una buena parte de ellos, debieron ser deportados e internados. Los que estaban en condiciones de hacerlo eran destinados a trabajar, los demás eran confinados en campos de concentración o de tránsito. Jamás Hitler quiso o autorizó la matanza de judíos y sus tribunales militares llegaron incluso a castigar con la pena de muerte, también en territorio soviético, a quienes fueron culpables de excesos contra los judíos. El Estado alemán nunca auspició, por lo que se refiere a los judíos, algo diferente a una «solución final territorial de la cuestión judía» (eine territoriale Endlösung der Judenfrage) y es necesaria toda la deshonestidad de nuestros historiadores ortodoxos para evocar continuamente la solución final de la cuestión judía, omitiendo deliberadamente el adjetivo, tan importante, de territorial. Hasta el fin de la guerra, Alemania no cesó jamás de proponer a los Aliados occidentales la entrega de judíos internados, pero a condición de que éstos fuesen asentados, por ejemplo, en Gran Bretaña y que no fuesen a invadir Palestina para atormentar allí al noble y valiente pueblo árabe.
Dentro del contexto general, la suerte de los judíos de Europa no tuvo nada de excepcional. No habría merecido más que una mención en lo que es el gran libro de la segunda guerra mundial. Tenemos por tanto el derecho a asombrarnos cuando hoy se hace pasar la suerte de los judíos como el elemento esencial de esta guerra.
Tras la guerra será precisamente en tierra de Palestina y a expensas de los palestinos donde los defensores de la religión del Holocuento, han encontrado, o han creído encontrar, la solución final territorial de la cuestión judía.

Mucho tiempo antes del final de la guerra, los Aliados prometieron destruir el militarismo alemán y el nazismo. Tras la derrota alemana en mayo de 1945, las autoridades de ocupación comenzaron a implementar dicho objetivo de guerra. En la Conferencia de Potsdam de 1945, las naciones victoriosas establecieron los principios fundamentales para la reforma de Alemania: la nación sería completamente desarmada y desmilitarizada; sus fuerzas armadas serían eliminadas; y su población, desnazificada y reeducada.
Durante el período de posguerra inmediato, en la Alemania ocupada por los Aliados, la desnazificación implicó el cambio de nombre de las calles, los parques y los edificios que tuvieran asociaciones militaristas o nazis; la eliminación de monumentos, estatuas, letreros y emblemas relacionados con el nazismo o el militarismo; la confiscación de propiedades del Partido Nazi; la eliminación de propaganda nazi de la educación, los medios de comunicación alemanes y las numerosas instituciones religiosas que tenían líderes y clérigos pronazis; y la prohibición de desfiles o himnos militares o nazis, o la exhibición pública de símbolos nazis. Los soldados aliados, los prisioneros de los campos de concentración y los alemanes contrarios a Hitler se vengaron de los símbolos nazis quemando o destruyendo banderas, estandartes y letreros blasonados con la cruz esvástica. En un momento que fue captado por las cámaras, los soldados estadounidenses dinamitaron la inmensa cruz esvástica del estadio de Nuremberg, el lugar de las antiguas concentraciones nazis.
Para los que fueron testigos de este episodio, ya sea personalmente o a través de los noticieros de los cines, la explosión simbolizó el fin del nazismo y el comienzo de una nueva era. Era necesario desacreditar el culto al Führer, y se demostró que el ex líder alemán había sido un maníaco asesino de masas cuyas políticas habían provocado el sufrimiento de millones de europeos y habían conducido a la destrucción de Alemania. Los equipos de filmación documentaron el momento en que los trabajadores derribaron con mazas un enorme busto de metal de Hitler y derritieron las planchas de impresión de plomo de su autobiografía, Mein Kampf, para producir tipos para un periódico democrático para la nueva Alemania. La distribución de propaganda nazi continúa siendo ilegal en la Alemania actual.