Nacido en el seno de una familia humilde, en el madrileño barrio de Carabanchel Bajo, cursó estudios en la Academia de Infantería de Toledo, donde se graduó en 1913.
En 1915 es destinado, a petición propia a Marruecos, al frente de una unidad de regulares. Participa en la batalla de Alhucemas, en septiembre de 1925, resultando gravemente herido en el pecho.
Finalizada la contienda forma parte del primer Gabinete de la posguerra, en calidad de ministro secretario general del Movimiento y jefe de las Milicias Falangistas, para posteriormente tomar posesión del delicado Gobierno Militarr del Campo de Gibraltar.
En aquel frente se desarrolló una brutal guerra de exterminio, sin cuartel, como no se había visto nunca. Los alemanes, poseídos por una furia homicida que todavía hoy nadie ha conseguido explicar, irrumpieron en la estepa rusa y arrasaron pueblos, ciudades y aldeas, asesinando en masa. Los rusos, a quienes la campaña había cogido por sorpresa, no tardaron en reaccionar y contraatacaron con fiereza inusitada. Entre medias quedó la nada y 30 millones de cadáveres, la mayor parte civiles inocentes.
La unidad, conocida como División Azul por las camisas falangistas que llevaban sus integrantes, combatió en el frente de Leningrado durante más de dos años. Parece mentira, pero tiene guasa que a una división de bronceados sureños venidos del país donde crecen los limoneros la enviasen a combatir a una región de intratables inviernos, lagos congelados y temperaturas dignas de Groenlandia. A pesar de todo, los nuestros lo hicieron bien, es más, lo hicieron extraordinariamente bien: dejaron el pabellón muy alto en la que habría de ser la última de las guerras de nuestra historia...La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.
Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.
Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen para disparar a discreción.
Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.
Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.
Zukov creía que, en Krasny Bor, Hitler había estrenado algún tipo de arma secreta y milagrosa. "Dice el coronel que le habéis causado más de 10.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y máuseres corrientes", le espetó un republicano español a un sargento de la División Azul capturado durante la batalla. El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.
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Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, "apenas se protegen y desafían a la muerte", un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: "Los españoles, más que soldados, son guerreros". Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.
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