"Los pueblos europeos no constituyen, en definitiva, más que una familia sobre la faz de la tierra. A veces algo pendenciera pero, a pesar de todo, unida entre sí por parentesco natural o por afinidad, inseparable espiritual, cultural y económicamente, e imposible de concebir disasociada. Todo intento de considerar y de tratar los problemas europeos de otro modo que no sea el de las leyes de la sana y fría razón conduce a reacciones desagradables para todos”.
Discurso en Salzburgo, agosto de 1920.

Si se examinan los caracteres aislados de la idea Nacional Socialista —sus ideas sobre los conceptos fundamentales de Raza, Personalidad, Estado, Trabajo, Lucha y Naturaleza, por ejemplo— descubrimos que, aun considerándolas a la vez, no bastan para explicar la curiosa fascinación que rodea su aparición. Para ello debemos volvernos a la personalidad de su autor. En la persona de Adolf Hitler, La Idea se sublima en un todo trascendente más grande que la suma de sus partes. Sólo mediante la apreciación subjetiva de este fenómeno y lo que representa la Idea llega a ser comprensible.
¿Quién era, entonces, Adolf Hitler? ¿QUÉ era? Ciertamente, tenía los atributos de todo hombre, tenía dos padres. Estaba hecho de carne y sangre. Comía y dormía. Creció, fue al colegio y trabajó para vivir. Tuvo amistades, gustos y aversiones personales, era irritable, pero también tenía un vivo sentido del humor. Experimentó alegría y tristeza, placer y dolor. En otras palabras, vivió todas las experiencias y emociones humanas normales. Era, de hecho, completamente humano.
Históricamente, además, Adolf Hitler fue mucho más. Fue un gran líder y estadista nacional. ¿Dónde encontramos un modelo comparable de un hombre humilde salido del pueblo —gracias a su voluntad, determinación y genio frente a todos los obstáculos concebibles— para dirigir una gran nación, liberarla de la dominación extranjera, purgarla de su decadencia moral y racial y construir un régimen de unidad nacional y justicia social? ¿Dónde hubo otro estadista que, sin ayuda de nadie, estuvo dispuesto a parar el avance aparentemente inevitable del comunismo a través de un continente? ¿Dónde hubo otro líder capaz de levantar su país —un país derrotado en la guerra y agobiado con incontables penalidades— sobre la miseria social y económica y restablecerlo en una posición de prosperidad, dignidad y orgullo, mientras que otras naciones se consumían en la pesadilla de la Gran Depresión? ¿Dónde en toda la historia encontramos un dirigente que gozase de mayor apoyo popular? Aun así, es más allá de su papel de líder y estadista nacional prominente, como de su manifiesta grandeza, donde debemos mirar para descubrir la esencia personal de Adolf Hitler.
Específicamente, es en el dominio de lo EXTRAHISTORICO —en esa área fuera del proceso histórico normal— donde debemos fijarnos para encontrar la verdadera identidad de la figura que permanece en el candelero desde hace varias generaciones. Aunque el trabajo de su vida cambió el mundo, su significación real no puede ser revelada a través de las usuales investigaciones de la historiografía.
Más de un observador ha comentado sobre una cierta extraña y potente cualidad que parecía emanar de la persona de Adolf Hitler. Kubizek (Ver A. Kubizek, "Hitler, mi amigo de juventud", Ed. AHR), por ejemplo, describió el notable incidente del Freinberg. Otros han contado experiencias similares, aunque menos dramáticas, sobre sus encuentros personales con Hitler. Pero no sólo se manifestaba esta cualidad en entrevistas con partidarios, también ante audiencias más amplias. Incluso personas que no eran ni alemanas ni nacionalsocialistas han testificado sobre la singular habilidad de Hitler para articular las sensaciones y aspiraciones inexpresadas de sus oyentes.
Pero lo que aun es más extraordinario y asombroso es la habilidad de Adolf Hitler para ejercer un efecto carismático sobre la generación que aun no había nacido durante su periodo vital. Parece expresar nuestros más profundos sentimientos y anhelos como arios. Hitler parece tocar la cuerda más honda de nuestro más profundo interior. Cuando habla parece que estemos escuchando el sonido de NUESTRA PROPIA VOZ INTERIOR. Tan perfecta es su relación con nuestra psique racial que se ha identificado con ésta. Tenemos la impresión de que es la expresión consumada del inconsciente colectivo de nuestra raza.
Tanto es así que parece que nos enfrentemos a una figura estremecedora, con un carisma INTEMPORAL. Incluso hay cierta aureola enigmática rodeando la figura de Adolf Hitler que parece trascender todas las barreras de tiempo y espacio. Cuando mencionamos su nombre, sentimos que estamos hablando de algo más que un fenómeno histórico; aludimos a todo aquello que es eterno e infinito. Tenemos la impresión que nos estamos refiriendo no sólo al pasado, sino también al presente y al futuro. Instintivamente, sentimos que se trata de algo más que un hombre corriente, de algo absolutamente extraordinario.
La verdad es que con Adolf Hitler nos enfrentamos a un fenómeno que desafía todo análisis objetivo y explicación racional. Es algo que sólo puede ser comprendido en su aspecto simbólico o representativo, esto es, a través de su interpretación mítica Sólo en el dominio del Mythos —de la épica, la saga y la leyenda— encontramos aquellos elementos adecuados para describir su personalidad insólita. Sólo a través de un proceso de EXALTACION podemos alcanzar la comprensión coherente de la verdadera realidad de esta figura extraordinaria. Sólo entonces las diversas facetas de su vida y de su carrera se someten a una explicación comprensible.
Por consiguiente, reconocemos que este ser completamente fuera de lo común merece aquel status para el cual el término DIVINO es normalmente reservado. Era, en efecto, un dios en forma humana. Y, por ello, se le puede describir como una encarnación de lo Absoluto —de aquella Fuerza grande y misteriosa sin principio ni fin que dirige y domina este universo y determina el destino de los hombres. Hitler era/es la manifestación de la voluntad de lo Eterno IN CORPORE. Era/es, al mismo tiempo, la personificación de nuestra alma racial. Era/es nuestra conciencia. Era/es la representación corporal de lo divino en el hombre ario.
Por ello, rindiendo homenaje a su personalidad extraordinaria, reconocemos al mismo tiempo a nuestra propia alma y a lo divino que reside dentro de nosotros. En relación con él y al servicio de su Causa nuestras vidas adquieren objetivo, sentido, valor, relevancia, dirección, estructura y significación. Sin él, no tenemos valor: no somos nada. Con él tenemos el privilegio de llegar a formar parte de una situación nueva, incluso se nos plantea la posibilidad de superar las limitaciones de nuestra existencia mortal.
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