domingo, 10 de mayo de 2015

La Häftlingsführung, la justicia de los detenidos

Poco se ha hablado sobre el maltrato que infligian los judios sobre otros judios.



Algunos presos maltrataban a otros, o incluso les golpeaban hasta causarles la muerte, evidentemente no eran castigados por la S.S. ya que eran matados por la justicia de los detenidos.


Una mañana se encontró a un preso colgado en un bloque. Se abrió una investigacion y se descubrió que el ahorcado había muerto después de haber sido horriblemente golpeado y pateado, y que el Stubendienst le colgó para simular un suicidio, la víctima había protestado contra una sustracción de pan por el Stubendienst.
Es exacto que la jefatura del campo de la S.S. generalmente no intervenía en las discusiones que enfrentaban a los presos entre sí, y en vano se podía esperar cualquier decisión de justicia. No podía ser de otra manera:
Se ignoraba lo que sucedía realmente dentro de los barracones.

La Häftlingsführung, en efecto, multiplicaba los esfuerzos para que ella lo ignorase.

Erigiéndose en verdadera justicia de los detenidos, aprovechando para tomar las más inverosímiles decisiones que no se podía apelar de ningún modo contra ellos, no recurría nunca a la S.S. más que para reforzar su autoridad cuando sentía que se debilitaba. No obstante, no quería ver intervenir a aquélla, temiendo a la vez que fuese menos severa, lo cual pubiera puesto a discusión en la masa su autoridad y las apreciaciones de ella en cuanto a su aptitud para gobernar, y hubiese creado el problema de su destitución y de su reemplazo.

Prácticanente, todo esto se resolvía con un compromiso: la Häftlingsführung evitando los chismes, impidiéndoles atravesar la pantalla que ella formaba; la S.S. no interesándose por nada, con la salvedad de que reinase el orden y fuese inatacable.

En el caso que se ha expuesto, si el jefe de bloque Osterloh hubiese sido un rojo, nada habría llegado a oídos de la S.S. de otro modo que no fuese el de la versión del suicidio de la víctima, lo cual no ofrecía dificultades. Pero era un verde y representaba una de las últimas partículas del poder que su categoría conservaba en el campo: los rojos le denunciaron con la esperanza de eliminarle. La S.S. no resolvió en la medida de sus deseos. Así lo quería el orden: un jefe de bloque, incluso culpable, no podía resultar sospechoso ni ser castigado más que por la autoridad superior, en ningún caso a petición o por reacción de la masa. Que fuese verde o rojo, era igual.

Se pueden invertir los términos de la proposición, transformar al acusado en víctima y a la víctima en asesino: en este caso la propia Häftlingsführung hubiese hecho éste razonamiento. Sin preocuparse del color de Osterloh, ella se hubiera considerado como afectada o amenazada en sus prerrogativas y hubiese dado aviso a la S.S. pidiendo un castigo ejemplar a menos que, lo cual es más probable, ella no hubiera aplicado primeramente el castigo y solamente después hubiese pedido a la S.S. la confirmación mediante sentencia. En el primer caso, la S.S. lo transmitía al grado jerárquico superior y esperaba la decisión: paso por alto los golpes que procedentes de todas partes acompañaban al asesino en el Bunker.



En el segundo, ella aprobaba la actitud de la Häftlingsführung precisamente para evitar demandas de explicaciones, de justificaciones, etc., y molestias de todo género por parte de este grado jerárquico superior. En ambos casos, en el sentido de la facilidad, no había nada que fuese compatible con el orden, incluso revisado y corregido sobre el terreno.

En el asunto Osterloh, al cual habían dado imprudentemente los rojos el carácter de una cuestión de conciencia en la cual la honradez atacaba al orden, tuvo que intervenir Berlín y suscitó tantas dificultades que, según la declaración del testigo, la jefatura de la S.S. de Buchenwald sólo pudo lograr que se echase tierra al asunto. En general, las jefaturas de la S.S. tampoco deseaban referirse a él. Temían las tardanzas, las indiscreciones, incluso los escrúpulos que podían tomar el de ligeras persecuciones y en cabeza de los cuales estaba el envío a otra formación, lo cual en tiempo de guerra tenía graves consecuencias. Teniendo a Berlín en una ignorancia casi tctal, informándole sólo de lo que no podían ocultarle , regulaban al máximo sobre el terreno.



Si se duda sobre ello, he aquí otro texto:

Frecuentemente, tenían lugar en los campos las visitas de la S.S. Con este motivo, la jefatura de la S.S. aplicaba un extraño método: por una parte disimulaba todos los detalles accesorios; por otra organizaba verdaderas exhibiciones. Todos los dispositivos que podían hacer adivinar que se torturaba a los presos eran pasados en silencio por los guías, y se les ocultaba. De este modo el famoso potro que se encontraba en la plaza era disimulado en un barracón habitable hasta que partían los visitantes. Una vez, parece ser que se olvidaron de tomar estos medidas de prudencia: al preguntar un visitante qué era este instrumento, uno de los jefes del campo respondió que era un molde de carpintería que servía para fabricar formas especiales. Igualmente eran apartadas las horcas y las estacas en las cuales se colgaba a los presos. Los visitantes eran conducidos a través de unas instalaciones modelo: enfermería, cine, cocina, biblioteca, almacenes, servicio de limpieza de ropa y sección de agricultura. Si entraban en algún bloque lo hacían en los que habitaban fuera del servicio los peluqueros y los sirvientes de la S.S. y algunos presos privilegiados, bloques que por este motivo nunca estaban superpoblados y siempre se encontraban limpios. En la huerta, así como en el taller de escultura, los visitantes de la S.S. a veces recibían regalos como recuerdo.





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