
Todo un Secretario de Defensa de los Estados Unidos da fe, de su puño y letra, de la confesión que le hizo uno de los tres hombres que, mecánicamente, intervinieron en el hecho de forzar a Inglaterra a entrar en la guerra; nada menos que Kennedy, embajador norteamericano en Londres, personalidad política de primer rango y padre de un futuro presidente de los Estados Unidos. Chamberlain, el hombre que técnicamente cursó la declaración de guerra – ¡si lo

sabrá el !- afirma que quienes le forzaron a ello fueron “América y el mundo judío”. De las dos entidades aludidas por el Premier Británico, una, el mundo judío, es de fácil identificación: el Sionismo. Pero… ¿ América ?. ¿ A qué América podía referirse Chamberlain ? No, ciertamente, a la América real, no ciertamente al pueblo americano, cuya actitud conocemos por los resultados de las encuestas Gallup y Roper, ya mencionadas anteriormente. Por América sólo podía entender Chamberlain al gobierno americano de entonces, y no creemos que esa interpretación constituya un juicio temerario. Pues bien, aparte Roosevelt, cuya ascendencia Judaica ya se ha mencionando, y su Brain Trust, cuya aplastante mayoría de miembros eran igualmente judíos, aparte del omnipresente Bullitt, en París y en todas partes a la vez, aparte Davies, en Moscú, aparte los dos tercios de los ministros norteamericanos, judíos, debía contarse con el formidable poder del Dinero, el Money Power. La Finanza internacional, hostil por motivos económicos, políticos y raciales a la Alemania Nacionalsocialista. Esta era la América aludida por Chamberlain. No podía ser la América real, la de los descendientes de dignos emigrantes europeos, que inequívocamente quería la paz, como lo demostraba al dar sus votos al candidato


Hitler ponía en práctica el patrón-trabajo, opuesto al patrón-oro. En sus relaciones comerciales internacionales preconizaba el barter (intercambio) y estaba dispuesto a no aceptar préstamos bancarios extranjeros la banca alemana había sido embridada y puesta al servicio del Reich. Esto era fatal para la Alta Finanza Internacional, no ya por el hecho de haber perdido el importante mercado alemán, sino por el peligro que representaba el Reich, en su doble vertiente de su expansión económica y de ejemplo para otros países que desearan romper las cadenas de la Kapintern. La verdad siempre acaba por salir a la superficie. Así, un año después de iniciada la guerra, nada menos que el Times londinense- y el Times, en Inglaterra es, por múltiples razones, bastante más que un simple periódico, como expresión de los poderes fácticos de la Isla- publicó estas reveladoras líneas: “Una de las causas fundamentales de esta guerra ha sido el esfuerzo permanente hecho por Alemania desde 1918, y agravado desde 1933, para asegurarse importantes mercados extranjeros y fortalecer así su comercio, eliminando el paro interno, al mismo tempo que sus competidores se veían obligados, a causa de sus deudas, a adoptar el mismo camino. Era inevitable que que se produjeran fricciones, dado que los productos alemanes eran más baratos y estaban bien hechos. En otro artículo, el mismo periódico hizo la siguiente sorprendente revelación: En plena guerra, en Alemania, no se habla de la

necesidad de aumentar los impuestos, ni de estimular el ahorro ni de lanzar enormes
empréstitos de guerra. Muy al contrario. Recientemente acaba de abolirse un importante impuesto. El dinero es tan abundante que, desde nuestro punto de vista no tiene explicación. Hitler parece haber descubierto el secreto de trabajar sin un sistema financiero clásico y haber puesto en marcha un sistema basado en el movimiento perpetuo.
El Times, el órgano de la Finanza inglesa -o radicada en Inglaterra- sabia porqué había estallado la guerra. Se sabe, por ejemplo, que Baruch dijo a Hopkins -llamado la mano derecha de Roosevelt- que estaba plenamente de acuerdo con su amigo, Winston Churchill en que la guerra llegara pronto. Pronto estaremos de lleno en ella y los Estados Unidos también, más pronto o más tarde. Tú (Baruch) dirigirás el cotarro en América, y yo (Churchill), en Inglaterra . Churchill le decía ésto a Baruch en 1937, cuando no era ni ministro, sino simplemente un miembro del Partido en el poder, el Conservador, pero opuesto a la política oficial de dicho partido. Churchill no era ni siquiera un jefe de la Oposición. No era nada. Pero él y Baruch sabían que uno dirigiría el cotarro en América como realmente lo hizo, antes y después de Roosevelt y que el otro lo haría en Inglaterra como así fue, mientras fue necesario. En otro lugar nos ocuparemos con cierto detenimiento de la figura de Churchill, que era de los buenos hasta que los poderes tácticos dejaron de necesitarlo y lo echaron por la borda, tras otorgarle un ridículo Premio Nobel de Literatura. Hoy en día, ser churchilliano en Inglaterra es símbolo de
fascismo reaccionario.

Pero volvamos a los azarosos tiempos de la preguerra, en que Churchill, el todopoderoso político que nunca fue votado por el pueblo británico, le decía al General Robert E. Wood, en Noviembre de 1936, que Alemania se está haciendo demasiado fuerte y deberemos aplastarla otra vez. Esto lo atestiguó bajo juramento ese general norteamericano ante una comisión
investigadora del Senado de su país. Algo similar le dijo Churchill al propio von Ribbentrop, cuando éste era embajador en Londres, pero no lo aducimos como testimonio por no ser de parte contraria. Churchill era el hombre de la Finanza Internacional en Inglaterra y amigo personal de Baruch; él era el instigador de Chamberlain, apoyado en tal menester por el embajador americano Kennedy, por el itinerante Bullitt y, naturalmente, por la majestuosa influencia de la Casa Rothschild. Mucho se ha hablado de los negocios de guerra y de los beneficios de los fabricantes de armamento, pero ésta es una causa circunstancial. La razón principal siempre estribó en que la política financiera de Hitler significaba, a la corta o a la larga -y más a la corta que a la larga- el fin de lo que actualmente se denomina el Establishment: la Finanza Internacional. Añádase a ésto los mesianismos sionistas y, en menor grado, los intereses circunstanciales de los pequeños nacionalismos, a su vez explotados por los grandes nacionalismos, igualmente explotados o embridados por los Poderes Fácticos. Esta es la respuesta, no hay otra.
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